En el estado de Hidalgo, existe un lugar donde suele escucharse el eco de la plata tintineando en las paginas de su extraña, accidentada e insólita historia, este lugar que se entrevera con los cerros que fueron hermosos bosques en tiempos ya lejanos, es Real del Monte, ubicada a 2,700 metros de altura sobre el nivel del mar. De aquellos bosques, aún queda algo, y de aquella plata, algo brilla también, iluminando los rincones recónditos de sus centenarios secretos.
Real del Monte, que en la época colonial, con sus vetas extraordinarias de plata, produjo a uno de los hombres más ricos de toda la América a mediados del siglo XVIII, pudo con sus pródigas reservas, hacer que este potentado como lo era Don Pedro Romero de Terreros, Conde de Regla y Caballero de Calatraba, proporcionara hasta empréstitos a La Corona Española.
Ubicado en la inmediaciones del macizo montañoso más elevado de la sierra de Pachuca y entre innumerables cerros se encuentra Real del Monte, que es quizás, el punto más alto de la República Mexicana, que se encuentra habitado. Y como suele suceder con las poblaciones mineras, el orden, ¿o desorden?, laberíntico de su traza, le confiere el sello de su indiscutible origen, con la característica de su abolengo argentífero.
Este laberinto de calles, callejas y callejones, que parecen un eterno reencuentro entre el comienzo y el fin, a veces desemboca en curiosas y bonitillas plazoletas, que le confieren esa traza como de ciudad con edificaciones hechas aparentemente de "adonde se me antojó" y decimos aparentemente por que el imperio inapelable de la topografía de este bello asentamiento, explica la conformación de su figura urbana y que la identifica innegablemente en su origen minero, como un abigarrado caserío que emerge a brochazos de graves y solemnes techos rojos entre el verdor de sus arbustos, sus pastos y sus pinos que nos deleitan con su sinfonía de tonos verdes y espectaculares.
Real del Monte surge, como le es dado a aquellos asentamientos mineros, destinados a escribir su historia de aconteceres brillantes, no excenta de leyendas y epopeyas, Real del Monte cuenta con precedentes de movimientos sociales, pero también con legados perdurables y personajes cuyas presencias siguen vibrando no solo en la vieja Europa sino también y misteriosamente en las grietas y en las profundidades de los tiros de sus minas, porque su origen es minero, como cabe a una gran ciudad erigida donde la agricultura o la ganadería es muy poco lo que tienen que hacer, pero donde la minería labra su heróico destino a golpes sobre la roca y haciéndola hablar sus secretos con voz metálica, que convierte en fuentes de empleo y años pletóricos de increíble bonanza y en su historia está para ratificarlo un Pedro Romero de Terreros, Conde de Regla, fundador del Monte Pío que lleva su nombre. Imposible negar que este hombre de singular carácter siempre hablaba en plata.
Real del Monte, que en la época colonial, con sus vetas extraordinarias de plata, produjo a uno de los hombres más ricos de toda la América a mediados del siglo XVIII, pudo con sus pródigas reservas, hacer que este potentado como lo era Don Pedro Romero de Terreros, Conde de Regla y Caballero de Calatraba, proporcionara hasta empréstitos a La Corona Española.
Ubicado en la inmediaciones del macizo montañoso más elevado de la sierra de Pachuca y entre innumerables cerros se encuentra Real del Monte, que es quizás, el punto más alto de la República Mexicana, que se encuentra habitado. Y como suele suceder con las poblaciones mineras, el orden, ¿o desorden?, laberíntico de su traza, le confiere el sello de su indiscutible origen, con la característica de su abolengo argentífero.
Este laberinto de calles, callejas y callejones, que parecen un eterno reencuentro entre el comienzo y el fin, a veces desemboca en curiosas y bonitillas plazoletas, que le confieren esa traza como de ciudad con edificaciones hechas aparentemente de "adonde se me antojó" y decimos aparentemente por que el imperio inapelable de la topografía de este bello asentamiento, explica la conformación de su figura urbana y que la identifica innegablemente en su origen minero, como un abigarrado caserío que emerge a brochazos de graves y solemnes techos rojos entre el verdor de sus arbustos, sus pastos y sus pinos que nos deleitan con su sinfonía de tonos verdes y espectaculares.
Real del Monte surge, como le es dado a aquellos asentamientos mineros, destinados a escribir su historia de aconteceres brillantes, no excenta de leyendas y epopeyas, Real del Monte cuenta con precedentes de movimientos sociales, pero también con legados perdurables y personajes cuyas presencias siguen vibrando no solo en la vieja Europa sino también y misteriosamente en las grietas y en las profundidades de los tiros de sus minas, porque su origen es minero, como cabe a una gran ciudad erigida donde la agricultura o la ganadería es muy poco lo que tienen que hacer, pero donde la minería labra su heróico destino a golpes sobre la roca y haciéndola hablar sus secretos con voz metálica, que convierte en fuentes de empleo y años pletóricos de increíble bonanza y en su historia está para ratificarlo un Pedro Romero de Terreros, Conde de Regla, fundador del Monte Pío que lleva su nombre. Imposible negar que este hombre de singular carácter siempre hablaba en plata.

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